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por
Carlos A. Segovia


A comienzos de los años 20, mi padre abandona España y se traslada a Ginebra, y allí traba una muy intensa amistad que no hará sino crecer a lo largo y ancho de la vida de ambos, con Salvador de Madariaga.

Madariaga, siete años mayor que mi padre, había llegado a Ginebra en 1921 como periodista, oficio que había desempeñado en Londres desde 1916. Y en 1922 había sido nombrado Jefe de la Sección de Desarme de la Sociedad de Naciones, organismo precursor de la actual Organización de las Naciones Unidas, con sede en Ginebra. Posteriormente sería catedrático de Literatura Española en la Universidad de Oxford, embajador de la IIª República en los EE.UU. y en Francia, delegado permanente del gobierno republicano de España ante la Sociedad de Naciones, ministro de justicia bajo el gobierno republicano de Lerroux y, durante el exilio (no regresó a España sino en 1976), presidente de la Sección Cultural del Movimiento Europeo y del Colegio de Europa de la Internacional Liberal.

Mi padre, que durante sus años juveniles de estancia en España y durante sus viajes había conocido y tratado a numerosos artistas e intelectuales, frecuenta cada vez más, a lo largo de esos años, la compañía de Madariaga, quien no sólo será su gran amigo de toda la vida (con quien mantuvo correspondencia mensual), sino también, en cierto sentido, su maestro: carente de una formación académica rigurosa que poco a poco irá supliendo, con magnífico criterio, mediante el estudio personal, mi padre se dejará guiar por Madariaga en sus lecturas, que abarcan por lo demás, ya en esos años y como muestran los libros conservados de su biblioteca de Ginebra, campos muy dispares: filosofía, historia, literatura, ciencias naturales y un largo etcétera.

Conviene tener presente, por otra parte, los datos a los cuales he aludido ya a propósito de Madariaga, a saber: el hecho de que el escritor e intelectual español fuera, una vez proclamada la IIª República en España, no sólo embajador de ésta primero en los EE.UU. y después en Francia durante el llamado bienio progresista, así como ministro de justicia durante el llamado bienio conservador (a lo largo de cuyo primer año mantuvo su puesto como embajador en Francia), sino, sobre todo, el hecho de que fuera representante permanente del gobierno republicano de España ante la Sociedad de Naciones entre 1931, año en el que fue electoralmente proclamada la IIª República, y 1936, cuando el levantamiento en armas de una parte del ejército tras la revolución frustrada de 1934 y los excesos cometidos a partir de entonces por los milicianos socialistas, comunistas y anarquistas puso definitivamente fin a la IIª República dando comienzo a una nueva Guerra Civil (el siglo XIX había sido testigo ya de una) en España.

Quiere ello decir que Madariaga gozó, ininterrumpidamente, de la confianza de los sucesivos y diferentes gobiernos republicanos (unos más progresistas, otros más conservadores) que hubo en España durante esos años; tal era su autoridad intelectual, discutida únicamente por los izquierdistas más radicales, y su más que probada solvencia en el plano de las negociaciones políticas destinadas a la consecución de una paz mundial que se vio finalmente frustrada a causa de la política totalitaria y genocida del III er Reich alemán.

Pero la historia depara numerosas sorpresas al pensamiento, algunas verdaderamente dramáticas. Y lo cierto es que en la historia española, la posición republicana, moderada y pacifista de Madariaga, compartida asimismo por otros intelectuales del momento (entre ellos Ortega y Gasset) y equidistante tanto del fascismo y de la derecha católica y tradicionalista española como del marxismo y del anarquismo, fue sacrificada en una confrontación bélica cuyo resultado es de todos conocido. Con ello dio en desdibujarse, durante largos años, la posibilidad de una España moderna y culta, progresista a la vez que consciente de su idiosincrasia y sus tradiciones, en una palabra, permeable a la influencia de la Ilustración europea a la par que conocedora de su especificidad como nación: una tercera España (tercera y otra respecto de las dos Españas así enfrentadas) cuyos ideales nada tenían que ver con la ideología marxista cualquiera que fuera ésta: socialista o abiertamente comunista, y susceptible de acoger en su seno a los más reformistas de la socialdemocracia parlamentaria antes que a los revolucionarios del socialismo y del comunismo pro-soviético; cuyos ideales nada tenían que ver tampoco con los de la derecha ultracatólica y ultratradicionalista ni con los de ciertos católicos y monárquicos moderados, aunque desde luego habría acogido en su seno antes a éstos últimos que a los tradicionalistas autoritarios; y cuyos ideales, por descontado, nada tenían que ver con los que propiciaron la constante agitación y la violencia decodificada de anarquistas y fascistas; una España, en suma, más parecida, aunque acaso no exactamente idéntica, a la que hoy conocemos, en la que las libertades están afianzadas, en la que se respeta la cultura y en la que la modernidad ha trazado, aunque si muchas veces de manera muy escasamente autocrítica, una vía de sensatez más o menos compartida por todos y cuya mirada está puesta en Europa sin olvidar por ello a los países árabes de la otra ribera del Mediterráneo y a los países de América Latina, cuya historia se confunde por momentos, nos guste o no, con la propia historia de España.

Y esa posición intelectual, ejemplarmente representada entre otros por Madariaga y, repito, condenada a silencio, antes o después, por la Guerra Civil del 36, fue también aquella en la que se educó mi padre y que él mantuvo a lo largo y ancho de su vida, abandonando una España que amenazaba con desangrarse y que se desangró de hecho, y a la que mi padre únicamente regresó, cansado de tantos y tantos viajes y, sobre todo, de tantos y tantos cambios de residencia (Ginebra, Génova, Montevideo, Nueva York.), cuando el régimen franquista comenzó a dar ciertas señas de apertura. Sería por tanto ridículo pretender que mi padre pudo conceder alguna vez la menor estima o el menor crédito a los grandilocuentes pronunciamientos de quienes, una vez en España y desde las entrañas del propio régimen franquista, quisieron ganar el favor del gran músico que volvía a su país convirtiéndolo en el estandarte de sus propios delirios: la grandeza de la "raza" española, el "sacrificio" redentor por medio del trabajo, y un sin fin de majaderías, para decirlo sin ambages, que lo único que consiguieron provocar en él fue, a lo más, el esbozo de una sonrisa mitad irónica, mitad condescendiente.

De vuelta en España, mi padre, simplemente, se dejó querer como artista y como músico, asumió los honores que le fueron concedidos fijándose no en quiénes se los concedían, sino en el reconocimiento que ellos vehiculaban por más que vinieran dados, como no podía ser de otra forma, por las autoridades que a la sazón gobernaban en su país, ya que éste nunca dejó de serlo pese a que su talante fuera siempre y por fortuna, en última instancia, cosmopolita. Y una vez que el régimen franquista dio paso a la monarquía constitucional y parlamentaria en la que hoy vivimos, asumió ésta de inmejorable buen grado en tanto que exponente de una modernización virtual y esperanzada del país capaz de curar tal vez, por medio de una reconciliación que convocaba hacia sí, indistintamente, a todos los españoles, las viejas heridas abiertas durante un siglo, como fue el XIX, de luchas fratricidas entre liberales y absolutistas, durante la dictadura de Primo de Rivera, durante el periodo final de la IIª República, que tras inquietantes revueltas populares redundó en el ascenso de la extrema izquierda al poder, durante la Guerra Civil del 36 y, en fin, durante el franquismo. dando tan significativa como coherentemente su voto, en las elecciones generales de 1977 (al igual que la mayoría de los españoles, por cierto), a quienes representaban así las cosas una opción intermedia entre la derecha y la izquierda, equidistante tanto de una como de otra.

En vano cabría invocar, por lo mismo, los términos sin duda contundentes, extraordinariamente críticos para con los excesos cometidos por la izquierda revolucionaria española (fueron las milicias comunistas las que asaltaron su casa de Barcelona y las que saquearon su biblioteca), consignados por mi padre en su carta a Manuel Ponce de 1937, carta en la que mi padre compara las barbaridades cometidas por uno y otro bando para observar a continuación que, de todos modos, unos (los comunistas) se habían excedido infinitamente más que los otros (los autodenominados nacionales) en sus acciones; en vano cabría invocar tales términos u otros parecidos, digo, para hacer de mi padre, como algunos han pretendido absurdamente (haciendo gala así de una formidable cortedad de miras), alguien próximo, de un modo u otro, al franquismo. Sus amigos eran casi todos, comenzando por el propio Madariaga y continuando, por citar un solo nombre más, por Fernando de los Ríos (ministro de Justicia, de Instrucción pública y de Estado entre 1931 y 1933 y militante socialista), republicanos. Y, lo que es más importante, él mismo se declara republicano ( " [.] casi todos bien conocidos por su antigua ideología liberal y republicana, como yo mismo [.] ", escribe) en la carta a Ponce del 37 (Miguel Alcázar (ed.), The Segovia-Ponce Letters, Columbus, Orphée, 1989, p. 164). En el sentido en que lo era Madariaga, cabe inferir.

Lo que nunca fue mi padre, desde luego, es marxista, ni socialista, ni un republicano radical, ni, en definitiva, un intelectual militante (un activista) de causa alguna, puesto que el principal de sus intereses, ya que no el único, era entonces y fue siempre la música. Pero si sus ideas hubieran sido similares en todo o en parte a las del franquismo, se habría instalado felizmente en la España franquista al término de la contienda, lejos de cuyo mediocre clima cultural mi padre logró rehacer su vida, primero, en Montevideo, y, posteriormente, en Nueva York, ciudad en la que fijará su residencia a mediados de los años 40.

De lo contrario, ¿cómo podría haber realizado mi padre dos giras, la segunda de ellas en 1936 y durante dos meses, por la U.R.S.S.? También en ese caso, lo que le importó fue, indudablemente, dar a conocer el nuevo arte guitarrístico que él y su instrumento encarnaban por todo el mundo, incluida la Unión Soviética de Stalin. Pero si sus ideas hubieran sido las de un "reaccionario", no se le habría pasado siquiera por la cabeza viajar, y mucho menos en dos ocasiones diferentes (¡una de ellas nada menos que en 1936!), a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. He ahí un dato que conviene asimismo, creo, tener en cuenta. Y un ejemplo de la liberalidad que caracterizó en todo momento a mi padre. Pero liberalidad no significa, en modo alguno, mudanza de ideas, sino, antes bien, talante abierto y tolerante. De hecho, mi padre se calificó a sí mismo, y esa referencia fue una constante en su vida, como liberal. ¿Liberal republicano, como él mismo da a entender con toda claridad en la carta a Ponce que he mencionado? ¿Liberal monárquico, como parece sugerir en cambio la actitud mantenida por mi padre durante el último periodo de su vida? Lo uno y lo otro, pues ambas cosas van unidas, más de lo que pudiera en un principio parecer, en la historia de España; y mi padre, sencillamente, optó por una u otra en función del contexto que le toco vivir.

Y es que la palabra liberal tuvo en Europa y por ende en España, durante el siglo XIX (siglo en el que nació mi padre), un significado tan preciso como alejado de lo que por dicho término entendemos hoy. Para nosotros, en efecto, la voz liberal designa una determinada actitud económico-política caracterizada por la apuesta en favor del libre mercado y por el recorte del papel desempeñado por el Estado en la vida social a partir de la Ilustración. Sin menospreciar las relaciones existentes entre el liberalismo decimonónico y las clases burguesas europeas que dieron lugar a la revolución industrial y al comercio moderno, los liberales del siglo XIX fueron, en cambio, defensores de los ideales ilustrados frente al absolutismo del Antiguo Régimen y los privilegios de las monarquías tradicionales, la nobleza y el clero.

Respecto de ese paradigma general, el liberalismo español de principios del XIX contiene algunas variantes significativas, la más notable de las cuales tal vez sea su carácter pese a todo monárquico, lo que se explica fácilmente, por otra parte, si se tiene en cuenta la singularidad del caso español. Como Santos Juliá ha mostrado en su reciente libro Historia de las dos Españas (Madrid, Taurus, 2004, p. 24), "cercados en lo militar por los franceses [napoleónicos] y combatidos en el terreno de las ideas por los defensores a ultranza del absolutismo, [.] invocar [o importar pura y simplemente] los principios [abiertamente republicanos] de la Ilustración [y de la Revolución francesa] como cimiento del nuevo Estado [español] era impensable" para los liberales españoles de principios del siglo XIX, quienes, así las cosas, redactaron en Cádiz, en 1812, un primer texto constitucional que limitaba considerablemente el poder de la monarquía al tiempo que reconocía a Fernando VII como soberano legítimo frente a las aspiraciones de José Bonaparte. "El armatoste del absolutismo", prosigue Santos Juliá, "había sido derribado por Napoleón, pero al no reconocer a su obra ni a su hermano como monarca de la nación española, los reunidos en Cortes [en Cádiz] no podían aceptar tampoco la abdicación del viejo Borbón [Carlos IV], arrancada por la violencia y, lo que era más grave, sin el consentimiento de la nación. El joven Borbón [Fernando VII], abdicado también sobre la marcha, desconocido como monarca y, por tanto, deseado por todos, era el rey de España, o más bien seguía siéndolo. Pero no como lo había sido su padre, puesto que era la nación en el ejercicio de su soberanía la que [ahora] lo reconocía como rey" ( ibid., p. 28).

En una palabra, la conservación de la monarquía, o, mejor dicho, la restauración de una monarquía legítima (la borbónica) frente a otra considerada por la mayoría ilegítima (la bonapartista), fue el precio que hubo en cierto modo de pagar el liberalismo en España a comienzos del siglo XIX al coincidir su advenimiento con el de la Guerra de la Independencia librada por todos los españoles, absolutistas y liberales, contra el ejército napoleónico. Sólo posteriormente, tras la restauración del absolutismo por parte de Fernando VII, a la cual siguió una revolución, una guerra civil y una nueva reacción esta vez moderada, tomó el liberalismo español la senda inequívoca del republicanismo. Las luchas entre absolutistas y liberales fueron por lo demás continuas en España a lo largo de todo el siglo XIX, durante el cual se sucedieron infructuosamente, asimismo, conflictos y experimentos dinásticos de toda índole. Y frente a unos y otros (frente a liberales y absolutistas) se levantó la voz radicalmente escéptica de la generación del 98, cuyos miembros contemplaron con análoga desconfianza y hartura la política ejercida por ambos bandos, ninguno de los cuales había realmente contribuido a pacificar el país ni a evitar un desastre largamente anunciado: la guerra con los Estados Unidos y la pérdida de las colonias en América y en Oriente; desastre, éste, que dejaba a España, una vez más, en una situación maltrecha. Poco después, el marxismo y el anarquismo irrumpían definitivamente en la escena política española, tensando aun más una situación altamente precaria que se saldó con la dictadura de Primo de Rivera y, finalmente, con la proclamación de la IIª República, lo que obligó al rey (cuya connivencia con la dictadura de Primo de Rivera había sido manifiesta) a exiliarse.

Pero hubo con todo, amén las importantes y decisivas reformas a él debidas, las cuales injusto sería ignorar, un fruto modélico del liberalismo español del XIX, en el plano estrictamente cultural y de la mano de la creación de la Institución Libre de Enseñanza. Y fue precisamente ése el clima intelectual en el que mi padre se formó; no directamente, ya que él nunca perteneció a la Institución, pero sí indirectamente a través de sus lecturas y de los intelectuales de la generación del 14 que frecuentó: Ortega, D'Ors, el propio Madariaga. nacidos todos en torno a 1880 y herederos, bien es verdad que cada uno a su manera, del liberalismo europeísta y de la filosofía de la Institución. Permítaseme pues, antes de proseguir, recordar brevemente cuál fue la génesis de dicha Institución, en qué consistió ella y cuáles fueron, a grandes rasgos, sus ideales.

El panorama del pensamiento español estuvo marcado, durante la primera mitad del siglo XIX, por la figura de Jaime Balmes (1810-1848), filósofo y apologeta del catolicismo frente a cuyas ideas de cariz ultraconservador se situó decididamente Julián Sanz del Río (1814-1869). Doctor en derecho canónico y profesor de historia de la filosofía en la Universidad de Madrid a partir de 1843, Sanz del Río viajó en 1844 a Bélgica y Alemania para trabar contacto con el pensamiento europeo del momento, y regresó a España profundamente influido por la filosofía de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), pensador alemán mitad kantiano, mitad fichteano y schellingiano, cuyo éxito fue infinitamente mayor en España que en la propia Alemania, y cuya obra proponía una suerte de panteísmo de corte misticista transido de ideas de raigambre humanista. En Bélgica y en Alemania, en efecto, Sanz del Río conoció a algunos de los discípulos de Krause, y de vuelta en España tradujo algunos escritos de éste y publicó en 1860 un libro de inspiración krausista intitulado Ideal de la humanidad para la vida, en el cual su autor abogaba por el libre ejercicio de la razón, entendida ésta como único fundamento legítimo de toda posible autoridad intelectual. Políticamente, Sanz del Río era liberal y europeísta, y moderadamente religioso en el plano de las creencias. El impacto del krausismo en España, del que él fue como he dicho el introductor, fue tal, que llegó a formar, con apreciable rapidez, escuela.

Pero contra el intento de reconducir el pensamiento español hacia las coordenadas de un pensamiento europeo en mayor o menor grado secularizado se alzaron numerosas voces de entre los círculos más conservadores de la intelectualidad española; los krausistas fueron desalojados de sus cátedras y el grupo formado por ellos se disgregó. Por fortuna y sin embargo, Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), cuya traducción de la Estética de Hegel mi padre adquirió y conservó durante toda su vida, fundó en 1876 la Institución Libre de Enseñanza, entidad que defendió valientemente la vigencia del krausismo y que habría de renovar enteramente, a la larga, la enseñanza universitaria primero, y primaria y secundaria después, de una España cuyos anhelos de modernidad los intelectuales y políticos tradicionalistas no pudieron, pese a todo, desbaratar. De hecho, ni las dificultades que Giner de los Ríos encontró en su camino, que no fueron obviamente pocas ni insignificantes, ni los esfuerzos llevados a cabo por Menéndez Pelayo (1856-1912) para consolidar en materia de ideas y de una manera pretendidamente definitiva la unidad de lo español y lo católico, ni la actitud igualmente reaccionaria de los muchos teólogos neoescolásticos que surgieron en España tras la publicación en 1879 de la encíclica Aeterni Patris, debida a León XIII, lograron, en lo sucesivo, erradicar el krausismo y por ende el liberalismo del paisaje intelectual español.

En mi libro Una aproximación simbólica a la estética de Andrés Segovia (Linares, Fundación Andrés Segovia, 2003), he analizado las ideas estéticas que mi padre hizo suyas y que le acompañaron, de un modo u otro, a lo largo de su vida y de su quehacer artístico. En líneas generales, tales ideas coinciden con las ideas estéticas del krausismo, el interés de mi padre por el cual explica asimismo su talante inequívocamente liberal, su hondo interés por la filosofía y sus lecturas tanto de los pensadores románticos alemanes como de los ilustrados franceses, unos y otros anatemizados por igual por parte del tradicionalismo español de la época. Siendo así que a tales lecturas se añaden otras muchas que no son, a decir verdad, sino el síntoma de cómo ese espíritu liberal ávido de saber y pródigo en matices le cautivó desde el principio: las obras de los clásicos grecolatinos, de los filósofos renacentistas, de ciertos librepensadores del XVII, de los escritores franceses del XIX, y un largo etcétera, poblaron los anaqueles de su biblioteca; o mejor dicho, de sus diferentes bibliotecas, en plural, ya que los reiterados cambios de domicilio a los que se vio forzado mi padre por unas u otras circunstancias le obligaron a rehacer una y otra vez la excelente biblioteca que comenzó a organizar, hacia 1924, en la que fue durante casi una década su casa de Ginebra: su "amada casa" de Ginebra, como él solía decir con nostalgia y escribió al pie de una fotografía de los años 20 en la que aparece junto al filósofo francés de origen judío Henri Bergson (en conversación distendida frente a una mesa repleta de libros).

Cierto es que toda pretendida reconstrucción de sus diferentes secciones y apartados no puede quererse más que aproximada, ya que lo hoy conservado de ella representa sólo una parte de lo que dicha biblioteca fue. Algunos de sus volúmenes se perdieron para siempre en los años 30, a causa de la Guerra Civil española. Y otros fueron desprendiéndose de ella poco a poco, como las hojas de un árbol en otoño, a causa de la vida itinerante que llevó, muchas veces a su pesar, mi padre. Pero otros, por voluntad del Cielo, han sobrevivido, y están ahí pidiendo ser abiertos de nuevo y llenos de anotaciones que en ocasiones permiten, siquiera en parte, reconstruir tales o cuales itinerarios de lectura y su inflexión en torno a tales o cuales pasajes e ideas de interés. La datación de la fecha de adquisición de tales volúmenes puede por otra parte establecerse, dentro de ciertos márgenes, gracias al estudio grafológico de la firma de mi padre, incorporada en la primera página de muchos de ellos junto con otras indicaciones que muestran que se trataba, inicialmente, de una biblioteca convenientemente organizada; biblioteca a la que fueron sumándose, con el paso del tiempo y como es lógico, nuevos volúmenes, ya que mi padre no cesó nunca de comprar libros, mientras que otros son fruto del regalo de sus respectivos autores, por lo que revisten un valor añadido.

Pero veamos con mayor detalle cuál fue su composición y algunos de los libros que albergó su primera biblioteca, correspondiente al período de formación intelectual de mi padre. Me contentaré con repetir a grandes rasgos lo que ya escribí a este propósito en 2003 ( cf. el Capítulo II de mi libro Una aproximación simbólica a la estética de Andrés Segovia, antes citado).

Dejando aparte la filosofía, obligado es mencionar, en primer lugar, la historia y la literatura antiguas. Las obras de Herodoto, Jenofonte, Polibio y Plutarco se contaron entre sus adquisiciones más tempranas. Y a ellas hay que añadir diversos estudios sobre el mundo grecorromano y sobre el Oriente antiguo. Sería largo dar una lista completa de tales libros. Baste con citar una edición francesa de 1822 de la Historia de Herodoto y, pasando de la historia como ciencia a la historia legendaria de la Antigüedad, una versión también francesa de la Ilíada publicada en 1809 y que incluye, a modo de proemio, el texto bilingüe, griego-francés, de un Diálogo atribuido por el editor a un rapsoda homérico pero que es, con gran probabilidad, de ascendente neoplatónico, y por tanto helenista. Y esto por no hablar de Quintiliano, Marcial, Horacio u Ovidio, por citar sólo los nombres de algunos autores latinos. Otra de las joyas que albergó su biblioteca en aquellos años es la Historia del arte de la Antigüedad de Winkelmann, en edición francesa de 1781. Lo que muestra, véase, que la lengua francesa fue, de entre las demás lenguas europeas que también habló (inglés, italiano y algo de alemán), la que mi padre aprendió primero y la que le permitió, en suma, leer inicialmente las obras de los autores antiguos. En fin, algunos estudios históricos de carácter general hacen hincapié en el conocimiento del Oriente antiguo y de sus relaciones con el mundo grecorromano, como por ejemplo el segundo tomo de la Historia general publicada en París, bajo la dirección de Louis Halphen y Philippe Sagnac, durante el primer tercio del siglo XX; se trata de una obra de la que ha sobrevivido cinco tomos pertenecientes a la primera biblioteca de mi padre, los cuales comprenden toda la historia antigua de Occidente, parte de la medieval y los comienzos de la historia europea moderna.

La literatura moderna y contemporánea, especialmente en lenguas castellana y francesa, hubo de formar, ciertamente, un capítulo aparte. Para ser exactos, uno de los más voluminosos en razón del número de libros que debió incluir, con toda seguridad, dicha sección, si bien buena parte de las obras literarias de ambos períodos atesoradas por mi padre (obras españolas, francesas, inglesas y alemanas principalmente) figuran en ediciones posteriores, pertenecientes a sus bibliotecas de Montevideo, Nueva York y Madrid. Han sobrevivido no obstante algunos libros que nos dan una idea más o menos precisa acerca de lo que pudo contener, en sus orígenes, dicha sección: literatura del Siglo de Oro español, narrativa francesa del XIX, poesía romántica alemana, obras varias de comienzos del siglo XX, y un largo etcétera al que hay que añadir asimismo, fuera ya de una u otra periodización, ciertas literaturas del Oriente próximo y lejano (árabe, persa, china, japonesa.) traducidas a lenguas europeas.

Los libros de arte debieron formar también una sección propia. Entre ellos despuntan el ya mencionado de Winkelmann e importantes estudios de estética en general y de filosofía del arte, como por ejemplo Los fundamentos de la estética de Theodor Lipps, en edición castellana de 1923, Los problemas de la estética contemporánea de Guyau, en edición castellana de 1902, y la traducción de Giner de los Ríos de la Estética de Hegel, a la que ya he aludido. Más numerosos libros dedicados al lenguaje y el análisis musical.

Forzoso es citar asimismo obras de naturaleza científica como por ejemplo los 13 vols. de la Historia natural del Conde de Buffon en edición castellana de 1814, obra que representa la primera investigación taxonómica emprendida por la biología europea moderna. No han sobrevivido otras obras de esta índole, pero nada autoriza a pensar que no las hubo, aunque ello no puede afirmarse.

Los libros de viajes llaman también la atención: viajes históricos, como el de Frazer por Afganistán, a través de los cuales las culturas europeas tuvieron noticia de otras durante la época colonial; expediciones varias que contribuyeron al avance de la geografía; viajes curiosos, o abiertamente legendarios. La Biblioteca universal de los viajes efectuados por mar o tierra en diversas partes del mundo, desde los primeros descubrimientos hasta nuestros días, con descripción [entre otras cosas] de las costumbres, los gobiernos, los cultos, las ciencias, las artes, la industria y el comercio de diferentes pueblos y regiones, debida a Albert Montémont, y publicada en París en 1933, comprende nada menos que 50 vols., y es la obra más antigua de esta naturaleza adquirida por mi padre.

Y está por último el pensamiento: libros acerca de la historia general de la filosofía, léxicos excelentes como el de André Lalande, obras varias de los filósofos de la Ilustración, algunas de ellas completas ( v.g. la obra completa de Rousseau), de los pensadores alemanes del XIX (Goethe, Hegel, Nietzsche, Dilthey.), de autores españoles y de filósofos contemporáneos, de teólogos tradicionales y reformistas y, una vez más, un largo etcétera. Se trata, a decir verdad, de una sección extensísima y, lo que es harto significativo, de la mejor conservada a fecha de hoy, prueba del especial cariño y del perdurable interés que mi padre tuvo por los libros que la conformaban.

Como ya he dicho, mi padre fue perdiendo, inevitablemente, algunos volúmenes de esa primera biblioteca, y reemplazándolos por otros. Pero no volvió a organizar ninguna de sus posteriores bibliotecas con tal orden y meticulosidad, consciente tal vez, en un principio, de la provisionalidad de su estancia en tal o cual domicilio, y al final por falta de tiempo. Pero que una vez se entregara a dicha tarea muestra a las claras que no sólo compró libros, sino que se propuso formar toda una biblioteca. Y que en buena medida lo logró, siguiendo como ya he señalado, si bien no únicamente, claro está, los consejos de Salvador de Madariaga. Pero la Guerra Civil española frustró, de algún modo, dicho proyecto, si bien evidentemente no su formación: su primera biblioteca, trasladada desde Ginebra a Barcelona, fue saqueada, y mi padre nunca pudo resarcirla del todo de ese mal; siguió acumulando libros, pero aquella biblioteca desapareció para siempre tal y como era y había sido pensada.

La carta de mi padre a Ponce del 37 es indicativa, con todo, de que esa pérdida no fue sino parte importantísima (repárese en el lugar que ocupa la mención de la biblioteca) de una pérdida aun mayor:

"Mi querido Manuel:

[.] Hemos pasado [.] emociones y tristezas sin cuento durante los días de la revolución en Barcelona y ya fuera de allí, por los seres y cosas que quedaron en España, y por España misma, desgarrada y maltrecha como nunca lo ha estado. Acabábamos de volver de Rusia, en donde permanecimos dos meses, cuando estalló la revolución. Cansados de haber viajado todo el año, deseosos de reposar en nuestra bonísima y bien abastecida casita, desoímos la voz de Madariaga que nos avisó desde Madrid telegráficamente, de lo que se preparaba. Lo creímos demasiado pesimista y decidimos, con la tranquilidad de conciencia de quienes nada tienen que temer, aguardar los acontecimientos. Qué funesto error. [.]

Hablarte de los horrores que hemos presenciado, sería renovar nuestra desesperación. [.] Tuvimos que escapar en un barco italiano que nos condujo a Génova. [.] Mi casa de Barcelona, con mi biblioteca, música, tapices, grabados, cuadros, plata abundante [.], recuerdos de extremo Oriente, joyas [.], etc., etc., ha sido, según la expresión de un pariente [.] que nos comunicó veladamente la noticia, LIMPIADA. Los cofre-forts del Banco, abiertos y despojados. De modo que nos hemos quedado sin nada, absolutamente sin nada [.] " (Miguel Alcázar (ed.), op. cit., pp. 163-165; el subrayado es de mi padre).

El alzamiento militar del general Franco y la consiguiente reacción revolucionaria de la extrema izquierda, entre otras ciudades, en Madrid y en Barcelona (reacción que fue, en concreto, la que mi padre padeció y a la que se refiere en su carta), acabaron drásticamente con el gobierno republicano, cada vez más sumiso ante las consignas y acciones de los grupos extremistas durante el período inmediatamente anterior al levantamiento militar, y cuyos miembros más moderados, así como también numerosos escritores e intelectuales "casi todos bien conocidos", reconoce mi padre (he citado ya anteriormente este pasaje), "por su antigua ideología liberal y republicana, como yo mismo", hubieron de huir, de una manera u otra, de un país que ya no amenazaba con venirse abajo, sino que había efectivamente caído en el horror de una guerra civil.

Sólo lejos de España, una vez estallada la guerra y de igual modo al término de ésta, halló mi padre, que a tiempo había encaminado ya sus pasos hacia otras latitudes, un horizonte posible para su quehacer artístico. Cabe suponer que también para sus ideas. Pero en cierto modo ello había tenido lugar ya con anterioridad al estallido de la guerra, puesto que su idea de España coincidía ya entonces con la que Montesquieu esboza irónicamente en una de sus Cartas persas: la LXXVIII, marcada por mi padre con un guión en una edición castellana de principios del siglo XX con la que él se hizo, leyó y anotó en los años 20, siendo así, no obstante, que la traducción data en realidad de 1819. De ahí que la labor artística de mi padre consistiera en hacer de algo genuinamente español como la guitarra otra cosa, llevándola por todo el mundo y abriéndola, mediante la ampliación, entre otras cosas, de su repertorio, a la influencia de la música culta europea; a un tradicionalista, en cambio, le habría bastado con quedarse tranquilamente en su país, o con volver a él una vez terminada la guerra y con mantener la guitarra tal y como la guitarra era en él, sin añadirle nada, esto es, sin transformarla en algo mejor y distinto.

Y una última nota sobre la cuestión judía. He mencionado ya al filósofo Henri Bergson. Mi padre tuvo además, a lo largo de toda su vida, numerosos amigos judíos: Isaac Stern (el gran violinista), Israel Horowitz (su empresario en los EE.UU. y productor de buena parte de su discografía), el matrimonio Augustine (cuyas revolucionarias cuerdas de nylon mi padre fue el primero en adoptar), etc. Cualquier pretensión de hacer pasar a mi padre por un antisemita es, sencillamente, disparatada. Otra cosa es que quienes desconocen en toda su complejidad, al parecer, la historia de España, consideren que si alguien no pertenecía en el 36 al Frente Popular es que era filofranquista y, en consecuencia (dada las relaciones políticas del franquismo con el nacionalsocialismo alemán), filonazi. Y que, en definitiva, algunos empresarios judíos cayeran en ese tramposo espejismo cediendo así ante la propaganda de la extrema izquierda española (propaganda críticamente mencionada por mi padre en sus cartas) y boicotearan (o mejor dicho, vetaran) entre 1936 y 1943 los conciertos de mi padre en los EE.UU. Por fortuna, semejante malentendido terminó por disiparse, y mi padre volvió a actuar en los EE.UU. transcurridos esos difíciles años (difíciles pues tampoco pudo actuar en Europa a causa, en este caso, de la IIª Guerra Mundial, por lo que hubo de limitar sus conciertos a América del Sur).

Quiero pensar que es sólo el desconocimiento de los hechos reseñados hasta aquí lo único que hay por detrás de algunas de las afirmaciones últimamente vertidas en el foro de guitarra.artelinkado.com en relación con la biografía y las ideas políticas de mi padre. Por lo que respecta a las supuestas entrevistas esgrimidas por algunos participantes como prueba de sus ideas "reaccionarias", no me resta decir sino que su contenido es, en todo o en parte, apócrifo, con independencia de que se trate o no de entrevistas publicadas.

En fin, permítaseme señalar que (además de la escueta Síntesis publicada en 1986 por A. López Poveda) la única biografía de mi padre autorizada publicada hasta la fecha (se trata, en realidad, de una simple aunque, creo, precisa exposición sumaria centrada en sus hitos artísticos) es la incluida en el libro recientemente editado en Italia Andrés Segovia. Un secolo di storia nella musica del grande chitarrista spagnolo (Pordenone, Abacus & Farandola, 2005), preparada conjuntamente por el maestro Angelo Gilardino y por el autor de estas líneas con motivo de la exposición celebrada en el marco del Xº Festival Internacional Guitarrístico de Friuli-Venezia-Giulia.

Y recordar, respecto de todo lo demás, una observación de Pascal:

"Il y a [.] deux sortes d'esprit, l'un de pénétrer vivement et profondément les conséquences des principes, et c'est là l'esprit de justesse; l'autre de comprendre un grand nombre de principes sans les confondre, et c'est là l'esprit de Géometrie".



Carlos A. Segovia (Londres, 1970)

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, sus investigaciones se centran en el estudio comparado de las religiones del Libro, con especial atención a la islamología. Es autor de los libros: La filosofía islámica y el problema del ser (Editorial Universidad de Granada); Avicena, Cuestiones divinas ("Ilâhiyyât"). Textos escogidos (Madrid, Biblioteca Nueva); y al-Ash'arî, Contra heterodoxos ("al-Luma'"), o lo que deben creer los musulmanes (Madrid, Biblioteca Nueva); así como de numerosos artículos en obras colectivas y revistas especializadas acerca de tales materias y otras afines. Actualmente prepara para la editorial Biblioteca Nueva una Antología temática del Corán. Ha sido Director del Curso de Verano de la Universidad de Castilla-La Mancha "Las religiones del Libro en diálogo", coordinado diferentes seminarios para instituciones como la Universidad Complutense, la Casa de Velázquez y el Instituto Francés de Madrid y participado en calidad de conferenciante en congresos y seminarios celebrados, entre otros centros, en las Universidades de Oxford, Oporto, Teherán, Sevilla, el País Vasco, Autónoma y Complutense de Madrid.

Director de Programación Cultural de la Fundación Andrés Segovia, ha colaborado con E. Tobalina en la publicación del libro Nombres propios de la guitarra. Andrés Segovia (Festival de Córdoba), preparado junto con A. Gilardino una biografía artística de Andrés Segovia recogida en el volumen Andrés Segovia. Un secolo di storia nella musica del grande chitarrista spagnolo (Abacus & Farandola) y participado en la organización de la exposición homónima que tuvo lugar el pasado año en el marco del X Festival Internacional Guitarrístico de Friuli-Venezia-Giulia. Es además autor, entre otros trabajos dedicados a su padre, del libro Una aproximación simbólica a la estética de Andrés Segovia (Fundación Andrés Segovia).

 

Publicado en guitarra.artelinkado en Febrero de 2006

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