—Ya que me nombras a Llobet, cuéntame; ¿cómo es? Y que hace en Estados Unidos? ¿Lo has tratado mucho?
—¿Mucho? Hemos vivido durante meses en el mismo hotel familiar en Nueva York, viéndonos varias veces al día.
Te explicaré. Se trata de una persona excelente; no le conozco pecados, salvo el de la pereza, que abarca el lugar destinado a todos los demás. Es un músico de cualidades superiores. Cuando interpreta obras que no rebasan la reserva limitada de su técnica, créeme que es un verdadero deleite escucharle, pero no tiene aspiraciones. Si no ha llegado al nivel famoso de los otros grandes virtuosos, no ha sido por falta de méritos; ha sido porque le resulta más cómodo quedarse donde está… Albéniz, Debussy y Granados, encantados con su arte, han querido componer para la guitarra, pero él los ha hecho desistir, alegando que es un instrumento terriblemente difícil, para adaptarse a la música en general, y que sólo aquellos poseedores de sus secretos, eran capaces de hacerlo. En verdad lo que sucedía, era que le daba pereza, tener que retocar lo que esos músicos hubiesen escrito.
Se equivoca indefectiblemente en los mismos pasajes de las mismas obras; todo por la pereza de trabajarlos con detenimiento, pues no estudia arriba de una hora diaria; el resto del tiempo lo pasa fumando, charlando, dibujando (tiene una gracia muy fina para ello) y contemplando cómo trabajan sus amigos.
Una vez le pregunté por qué no aumentaba su horario de estudio y trataba de subsanar las invariables fallas surgidas sistemáticamente de las obras que ejecutaba, respondiéndome que la guitarra era un instrumento incapaz de admitir la perfección técnica.
“Entonces, insistí, ¿por qué la eligió usted? Yo habría buscado un instrumento susceptible de dominar”.
“¡Bah!, respondió. Eso de dominar da demasiado trabajo…”


MADRIGUERA, Paquita: Visto y oído. Buenos Aires: Editorial Nova, 1947: 63-64.