Y, por fin, mi última reflexión. Ya he dicho que
no puedo hablar con premura o usura del mundo de la
música flamenca. Pero tampoco puedo retirarme de aquí
sin confiarles a ustedes, no ya la historia de esta
música, que eso no me es posible, pero al menos el vuelco
que me da el corazón cuando la escucha, cuando la
goza y la sufre a la vez. Os lo diré muy brevemente:
para mí, la guitarra flamenca es una rara y misteriosa
unión. Está compuesta con lágrimas que ríen. Una
infancia perpetua que se alimenta con sus canas. Un
fogonazo donde se abrazan la pesadumbre y la felicidad, el
desconsuelo y el consuelo. Es una música que nos acaricia los
mechones rebeldes de la infancia y a la vez nos besa
nuestra cabeza cana. Es una música que nos ayuda a
estrenar nuestra vida al mismo tiempo que recupera la
historia entera de nuestro corazón. Es una música que trae
noticia encantadora del amanecer de la vida junto a un
susurro misericordioso del amanecer de la muerte. Es una
música que está sonando por última vez y al mismo tiempo
por primera vez. Es decir: que está sonando para
siempre. Dios la bendiga. Que Dios bendiga a la
guitarra.

FELIX GRANDE